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5 May, 2017
Deseo concedido

El teléfono suena y mi mundo se pone patas arriba. El geniecillo de la lámpara me concede un deseo y viene de la mano de Ángeles, su nombre ya me supone una revelación. Editables se ha interesado por mi novela y yo no sé si es un sueño o la más maravillosa de las realidades.

Cuando era pequeña, a falta de dinero para comprar un regalo a mis padres o a mi hermano, escribía, editaba y promocionaba mis propios libritos. Recortaba tiras de papel que luego grapaba a modo de libro. El papel de regalo también era de elaboración propia; un folio pintarrajeado como mejor podía y un lazo de lana envolvían títulos tan sugerentes como: “El perro que necesitaba un hogar”, “Mi perro me hace feliz”, “Quiero un gato”...  Mis padres captaron el mensaje subliminal porque no tardé en tener un compañero de juegos peludo y cariñoso. Creo recordar que esa fue la primera vez que la escritura me ayudó a conseguir un propósito firme en la vida.

La adolescencia llenó folios y folios de escritos de lo más variado, iban desde el canto a la muerte hasta el viaje más fantástico que se pudiera imaginar, pasando por el amor verdadero y la incomprensión paterna. Exagerados, desordenados y egocéntricos.

Incluso, cuando tuve mi primer PC, en el patio de luces de mi edificio reverberaban las teclas de la máquina de escribir, tac tacacatac tac. Los pobres vecinos debían estar hartos, porque no tenía reparo en aporrearla a altas horas de la madrugada y la ventana de mi habitación daba directamente a ese patio. Pero ese sonido, el movimiento hipnótico de las teclas golpeando el papel, el rodillo acogiendo el folio en blanco y la palanca del carro dando paso a una nueva línea me tenían conquistada. Tengo que averiguar si aquel ordenador, con su teclado infinitamente más silencioso que mi Olivetti 80, formó parte de alguna derrama de la comunidad.

Avanzamos en el tiempo y la escritura continúa en mi vida, ayudándome con cartas de despedida a novios que habían pasado a la historia, a amigas que me pedían un consejo, a mí misma, con ensoñaciones, enfados, sueños… Siempre a mi lado, ayudándome, comprendiéndome, soportándome, dando y dando.

Escribir ha sido siempre mi vía de escape, la forma de evadirme, de canalizar emociones, de estar a solas conmigo misma. Escribir es un acto íntimo porque a través del papel puedo expresar, sentir y transmitir cosas que de otro modo el pudor no me permite. Escribo para mí, sin pensar quién lo leerá ni cómo lo interpretará, por eso mis escritos llevan tanto de mi vida, de mis sentimientos. Es una contradicción la intimidad de mi escritura y la desnudez del texto, pero la vida es dualidad.

Hoy quiero dar las gracias a esos textos de madrugada, a aquellas redacciones sobre amor apasionado, sobre aventuras mágicas, a tantas y tantas palabras que no pronuncié pero fueron dichas, porque cada letra, cada pulsación de tecla, me han traído hasta aquí.

Mi Nocturno ya ve la luz.


Beatriz Sánchez

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1 April, 2017
De la imaginación a la escritura

El Nectar de los Dioses I 


   Algunos de nosotros vivimos dos vidas: la real y la imaginaria; o imaginarias, porque los hay que tenemos más de una. Yo soy de esas personas. Desde pequeña, siempre he creado mundos en mi mente, algunos más fantásticos que otros. Y cuando se tiene la cabeza llena de mundos, de personajes y de historias, esas historias quieren salir.

   

    Pero es ahí donde empezaban los problemas, por lo menos para mi. Porque una cosa es que lo que imagines todo en technicolor y con sonido dolby, y otra muy distinta el hacerlo con palabras. Estás escribiendo y la historia sigue sin ti, sin que haya manera de alcanzarla. Estás describiendo y todo parece tan obvio que te olvidas de los detalles que tu público necesita para volar contigo. O das demasiados porque quieres compartirlo absolutamente todo con unos lectores que ya tienen su propia imaginación y sus propias ideas.

   

    Total, que después de escribir cuentos a diestro y siniestro en mi infancia, decidí pasarme a la poesía y las canciones de cantautor en mi tardía adolescencia, e incluso eso lo acabé dejando. Al fin y al cabo, había tanta gente que escribía mucho mejor que yo y nunca conseguía publicar que, ¿para qué intentar algo que, así pensaba, nunca me sería dado? Por no hablar de la presión que supone el tener que inventarse algo nuevo una y otra vez.

   

    No, la escritura nunca sería lo mío, eso lo tenía claro. De modo que simplemente continué soñando despierta y leyendo vorazmente; y si alguna vez me picaban las manos para ponerme a escribir, me distraía con alguno de mis muchos hobbies; que el que no se consuela es porque no quiere.

   

    Un día, un amigo mío, que es pintor, me comentó que quería crear un libro ilustrado para adultos, donde los dibujos fuesen igual de importantes que el texto. A mi me salió sin siquiera reflexionar antes: “¿puedo escribirlo yo?” Aparentemente, la atracción de la escritura era mucho mayor de lo que había pensado. Resumiendo, empecé a escribir, fui formando un plan a medida que creaba la historia, y terminé con una mini-novelita de ciento-pocas páginas. Mi amigo acabó por decidir que sus capacidades de dibujante no eran suficientes para la tarea, de modo que la tuve que ilustrar yo y también la tuve que publicar yo, o por lo menos eso decidí, porque no pensaba que a nadie le fuese a importar mi librito.

   

    Con toda la ilusión del mundo, encargué unos ejemplares, ni me acuerdo de cuantos, y los intenté vender sin demasiado éxito. Pero a las personas que lo leyeron les gustó y eso me motivó a escribir dos continuaciones de la historia. Me divertí de lo lindo haciéndolo, hasta que al empezar la cuarta me di cuenta de que se me habían secado las ideas. O más bien, había dejado de creer en mi propias capacidades. ¿Qué tenía que decir yo que no hubieran dicho cientos de autores antes, y mucho mejor? Además, igualmente nunca iba a ser capaz de escribir una novela “como Dios manda”, es decir, con un número decente de páginas. En fin, que lo volví a dejar, pensando que fue una aventura bonita mientras duró y que era hora de volver a lo mío.

   

    Pero la vida tiene una característica muy interesante, que es que si realmente estás hecho para algo, te va a presentar oportunidades para hacerlo hasta que aceptes. Creedme, no es la primera vez que me pasa. Mi “milagro” ocurrió gracias a unos alumnos a los que encargué, como ejercicio de lengua e imaginación, crear un concepto para una novela juvenil. Habíamos leído y comentado varias, de modo que pensé que podrían, pero no. Lo único que se les ocurrió fue una idea de gemelos siameses que no se conocían. Su infructuosa lucha por encontrar ideas resultó en mi epifanía, como preguntas que tenían que hacerse, ¿cuál es el contexto de la historia? y ¿cuál es la motivación de los personajes? Preguntas que ni yo misma me había hecho nunca.

   

    En la siguiente lección, empezamos a responder a esas preguntas juntos y de esa actividad salió un concepto. Reflexionar sobre ello me llevó a decidir que quería escribir la historia y que esta vez lo haría bien. Me puse a ello a fondo y pronto comprendí que no era una historia que se pudiera contar en sólo un libro: iban a ser tres. De golpe, sin haber pensado que fuera a pasar nunca, me transformé en alguien capaz de escribir tres novelas completas y totalmente conectadas.

   

    ¿Por qué? Muy sencillo: porque creí en mi idea. Creí que lo que quería transmitir era lo suficientemente importante como para sobreponerme a todos mis temores e inseguridades. Y que conste que no fue todo coser y cantar. No recuerdo cuántas veces sentí que era mejor dejarlo, que no iba a ir a ninguna parte. La única diferencia es que mi empuje fue más fuerte que mis frenos.

    

    Y entonces, volvió a ocurrir un milagro. Ya había auto publicado dos de mis libros, y no veía por dónde seguir. Pero el verano pasado, le pasé mi libro a un amigo y él se lo pasó a Ángeles.



    Y aquí lo tenéis, publicado “de verdad” por una editorial valiente y con principios. Lo mejor que nos podría haber pasado a mi libro y a mi como escritora.


    De modo que si has llegado hasta aquí, recuerda: si la vida te empuja a hacer algo, hazlo. Algo, alguien o tu propio subconsciente te está guiando a lo “tuyo”. Que eso sea tu motivación para arriesgarte.



    Anna López Dekker 


ENLACE AL LIBRO

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21 December, 2016
Un proyecto feliz

Mi hermana me enseñó a leer.

No me refiero a unir la eme con la a para pronunciar “ma”, sino al arte de entender las palabras que llegan a través de la mirada o el oído.

Su voz, en aquellas noches andaluzas de mi infancia, penetraba en mis sentidos como el preludio de dulces sueños. Gironella, García Márquez, Gloria Fuertes… Todos se acercaron a mí suavemente entonados, como una canción de cuna, a veces sin entender qué me querían decir porque no tenía edad para comprenderlos, pero me encantaba el sonido de aquellas palabras que accedían a quedarse conmigo.

En mi adolescencia, fueron mis imprescindibles. Una escalera del instituto recogía mis versos imperfectos y las alabanzas de mis compañeros de edad. Escribía en cualquier lugar, en cualquier momento, amontonaba palabras ajenas a las que debía oír del profesor, mis apuntes se llenaban de espacios de creación que emborronaba con frases al azar, poemas incompletos, dedicatorias a personajes inventados, razonamientos aniñados… Todo servía.

Luego vino la madurez a interponerse entre mi musa y yo. Me distraje con mi vida familiar y tapé mi boca con asuntos profesionales, cotidianos, creyendo que mi pasión debía concentrarse en otros menesteres.

Tuve que cerrar puertas, abrir ventanas y mirarme al espejo para reconciliarme con las palabras, para sentir de nuevo su arrullo y el calor de sus sentidos.

Escribí mi primer libro como terapia de limpieza y antesala de un nuevo comienzo. Diseñé un envoltorio de colores y lo mostré al mundo con mis propias manos. No fue fácil, pero sí enriquecedor. Me sentí afortunada al comprobar cómo personas desconocidas reinterpretaban mis versos frágiles y los llenaban de vigor, oí mi voz en otros labios, vi volar mis sentimientos hacia otras almas.

Me enfoqué en mi nuevo rol y salió el segundo en forma de cuento romántico extraído de una historia de mis antepasados. Accedí a sacarlo de paseo. Juntos llamamos a puertas de silencio, a tiempos de espera, a concursos humildes. Había que probar. Para mi sorpresa, obtuve respuesta y llevé mi nuevo vestido de escritora al sastre para que encogiera las sisas.

En este recorrido de losas pulidas con ilusión, nerviosismo, expectación e incertidumbre me faltó una mano amiga que me guiara, que me aconsejara, que me corrigiera, que perfeccionara el camino que estaba construyendo. Me sentí sola.

Un buen día me di cuenta de que mis inquietudes se habían convertido en dedos; las respuestas que había ido acumulando se unieron a ellos para formar manos; mis ojos se entusiasmaron con la transformación y decidieron erguirse en brazos. Así obtuve la fuerza oportuna para empujar a otros, para tirar de ellos, para indicarles por dónde seguir y alcanzar sus sueños…

He llegado hasta aquí, que es otro principio. Editables se confirma como la editorial que siempre soñé para mí y mi maestra me acompaña. Este proyecto me hace inmensamente feliz y aspira con soberbia a conseguir que tú también lo seas. 


Ángeles Díaz

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17 November, 2016
¿Y si la Tierra dejase de girar?

Artículos interesantes

 

 

En Editables.es tiene cabida todo tipo de lectura. No nos especializamos en novela, poesía, historias ficticias o reales…, no. Tampoco exigimos que tengan un tamaño determinado, un número mínimo de caracteres o una etiqueta. Nuestra pasión son las palabras, los mensajes, los contenidos. Por ello, te invitamos simplemente a que nos escribas. Si tu narración es interesante, es “editable”.

Y, para muestra, un botón.

 

 

 

 

¿Y si la Tierra dejase de girar?

 

¿Imaginan tener un accidente de coche a 1.675 km/h y salir con vida? Yo tampoco.

 

En el siglo XVII, Blaise Pascal dijo: “Nuestra naturaleza está en movimiento. El reposo absoluto es la muerte”, y no iba desencaminado, pues esa muerte la evitamos diariamente gracias a un movimiento que está ahí, pero que no percibimos como tal: la rotación de la Tierra. Pero, ¿qué pasaría si, por un casual, nuestro planeta perdiese esa velocidad progresivamente? Las consecuencias serían devastadoras.

Terminantemente, si analizáramos el parón rotacional como un frenazo repentino, este artículo sería más bien corto: sufriríamos una onda expansiva equivalente a 200 bombas nucleares como la de Hiroshima y toda la civilización sería arrasada. Punto final. Por eso, haremos diversos saltos en el tiempo hasta llegar a las últimas consecuencias.

 

Antes de enumerar los acontecimientos posteriores a esa situación inusual, es necesario tener en cuenta ciertos conceptos: la rotación terrestre es la causante de la sucesión constante del día y la noche, la Tierra no es perfectamente esférica sino que está achatada por los Polos, siendo mayor la gravedad en esas regiones, y por último, nuestro astro está formado por diversas capas que giran en perfecta harmonía: núcleo, manto y corteza.

 

 

 

El inicio del cambio

 

Empezaremos suponiendo que la Tierra reduce en 50 km/h su velocidad de giro. Los días ahora duran 40 minutos más, llega el momento en que de día es de noche y viceversa. La tecnología GPS (que está directamente relacionada con el tiempo de rotación actual de la Tierra) empieza a fallar; tras múltiples accidentes aéreos y marítimos, se bloquean las rutas aéreas y marinas, siempre que no sean para fines comerciales indispensables; la crisis mundial financiera no deja a nadie indiferente, etc. Tampoco parece tan grave, nos adaptaríamos, ¿verdad? Habría que verlo...

 

La fuerza centrífuga terrestre (causa directa de que los océanos sean tal y como los conocemos y la atmósfera se mantenga lo bastante densa a nivel global como para que podamos respirar) generada por la rotación se está debilitando. El agua de los océanos se empieza a acumular en los polos; el norte de Canadá, Rusia y parte de Europa empieza a notar las consecuencias con pequeñas inundaciones; a su vez, la atmósfera que acompaña a los océanos va perdiendo su condición en las regiones comprendidas entre los trópicos; en ciudades como Quito, que tiene una altitud media de 2.700 msnm (metros sobre el nivel del mar), el aire empieza a ser tan irrespirable como el de la cima del Everest; el tráfico aéreo está suspendido, las rutas terrestres colapsadas, las fronteras bloqueadas… Esa gente está condenada.

 

Reanudamos la deceleración. Ahora vamos 250 km/h menos de lo normal. Los días tienen dos horas más de luz y otras dos horas más de oscuridad, duras 28 horas en total. ¿Recuerdan cómo habíamos dejado la situación de los océanos? Bien, pues éstos han seguido desplazándose. El Océano Ártico ha multiplicado por cuatro su máxima profundidad, las zonas costeras han dejado de serlo por la retirada masiva del agua, las Islas del Caribe seguirían siendo caribeñas, pero desde luego ya no son islas y el Reino Unido habría aprobado el Brexit pero, sin duda, nunca habrá estado tan unido a Europa, ahora es posible llegar en coche sin usar el Eurotúnel, ya que el mar del Canal de la Mancha ha dejado de existir.

 

La constante armonía de giro entre las distintas capas terrestres llega a su fin: núcleo, manto y corteza han ido frenando a distinta velocidad, el planeta empieza a fracturarse, las zonas libres de terremotos ya no lo están, aparecen nuevos volcanes cuya intensidad cuesta imaginar, se forman nuevas montañas y las grietas en los fondos marinos liberan energía suficiente como para que las orillas se llenen de peces muertos por el calor. El globo está cambiando drásticamente  y  la  Magnetosfera  (capa  que  nos  protege  de  la radiación solar y de los rayos cósmicos) también empieza a sufrir las consecuencias. Tomar el sol deja de ser algo que relacionamos con relajación, tranquilidad, divertirse en la playa… Las exposiciones no controladas de breves periodos de tiempo empiezan a resultar mortales, salir a pasear en el nuevo mediodía no es buena idea, precisamente.

 

 

 

Construyendo un nuevo mundo

 

Hagamos un salto drástico. Ahora giramos a 675 km/h, tenemos 30 horas seguidas de luz y otras 30 horas de oscuridad. A pesar de que ha ido pasando el tiempo, humanos y animales siguen sin adaptarse y poder dormir con normalidad es imposible. Si sumamos el persistente problema atmosférico, la consecuencia es que el cerebro se entumece y nuestra función cognitiva se ve especialmente afectada. Lenguaje, atención, orientación, capacidad de movimiento, memoria, visión, sociabilidad… son algunas de las habilidades de las que empezamos a carecer. Desorientados, los animales migratorios no encuentran su destino idóneo, produciendo extinciones masivas; las plantas empiezan a sufrir seriamente las consecuencias del cambio: 30 horas de oscuridad a -25ºC no son condiciones óptimas para la vida. Las reservas de comida merman gravemente. Debemos volver a pensar en los mares.

 

Hace ya un tiempo que el agua siguió desplazándose hasta inundar grandes ciudades que antes sí eran habitables: Londres ya no está unida a Europa, simplemente no existe. Los continentes no están delimitados, han dado lugar a un súper-continente.

 

No olvidemos que, en la era Paleozoica, la Tierra estaba unida por un único súper-continente totalmente rodeado de océanos llamado Pangea. El nuevo mundo en el que vivimos ahora tiene relación con Pangea pero con una peculiaridad importante: en esta ocasión, el territorio en el que vivimos rodea la tierra de punta a punta siguiendo el ecuador terrestre. Lo que antes era el lecho marino, ha quedado totalmente desolado y, sin embargo, es lo que nos puede dar una oportunidad. Esas zonas que antes estaban bajo el nivel del mar tienen una altitud óptima para respirar. Al fin y al cabo, las antiguas regiones han vivido éxodos sin precedentes con un único fin: la supervivencia.

 

Perdurar es algo que el ser humano busca por naturaleza, la única razón por la que somos capaces de dejar las diferencias de lado y ponernos a trabajar codo con codo. Una vez más, nos veríamos destinados a  romper las ya inexistentes fronteras y adaptarnos al entorno. La inundación de zonas muy pobladas favorece especialmente la vida marina; el aumento de biomasa en el agua es más que notable y los peces de aguas frías son los grandes beneficiados, paralelamente con nosotros, ya que pasarían a ser el principal sustento alimenticio en nuestra impuesta nueva condición de vida.

 

Algunas de las cosas que van quedando atrás al reducir 1.500 km/h la velocidad rotacional terrestre son: las tormentas, los huracanes, el invierno y el verano. Ahora, 5 días de luz van acompañados de 5 días de frías noches. Sobrevivir a terremotos y volcanes, a éxodos masivos por problemas respiratorios, a trastornos neurológicos derivados de la falta de sueño, a la ausencia de alimento por extinciones de infinidad de especies, etc. es complicado pero no imposible; resistir a cinco días de total oscuridad con temperaturas de 40ºC bajo cero y con escasez de agua potable, consecuencia de la atenuación del Efecto Coriolis (efecto que curva la dirección inicial de los vientos que se mueven entre dos puntos de alta y baja presión, permitiendo la aparición de sistemas tormentosos en todo el planeta), es aterrador.

 

En esta etapa, los seres humanos que siguiesen vivos se verían obligados a trasladarse a las nuevas zonas costeras donde el aire todavía tendría una densidad suficiente para ser respirable, se encontraría comida con relativa facilidad y, con suerte, alguna tormenta esporádica abastecería las reservas de agua potable. Además, en zonas ecuatoriales del orbe, se estarían agravando los efectos derivados de la alteración atmosférica y la magnetosfera, intensos rayos solares abrasarían intermitentemente algunas regiones, dificultando aún más si cabe, la resistencia de los nuevos asentamientos humanos que se habían formado en lugares respirables.

 

 

El principio del fin

 

Ahora la Tierra gira a tan solo 50 km/h. Los días duran algo más de un mes. Definitivamente, las estaciones son cosa del pasado, el clima se diferencia en épocas de luz y calor o épocas de oscuridad y frío; en algunas zonas, las temperaturas bajan de los -50ºC produciendo glaciaciones. La mayoría de los animales terrestres se han extinguido, las plantas no han tenido mejor suerte y no existe posibilidad alguna de cultivar comida; las zonas boscosas adaptadas a convivir con largos periodos de frío han sido inundadas por los nuevos mares, y las selvas y bosques de antiguas zonas tropicales se congelan.

 

El clima, poco a poco, ha ido estabilizándose gracias a la ralentización del planeta; los nuevos sistemas de altas presiones que fueron apareciendo tras la atenuación del Efecto Coriolis, han causado grandes tormentas y ventiscas que pueden durar semanas. Ahora los temporales se concentran en las zonas polares, donde se encuentran los nuevos mares, el del norte y el del sur.

 

Mientras todos estos hechos se han ido sucediendo, gran parte de la población mundial ha sido erradicada, ya sea por la falta de comida y agua potable o como consecuencia de terremotos y erupciones volcánicas, abrasados por la radiación solar o congelada en largas noches glaciales. A los pocos supervivientes tan solo les queda esperar que la Tierra se detenga completamente, que la traslación (movimiento causado por una interacción gravitacional entre dos cuerpos celestes que o bien se atraen mutuamente o uno es atraído por el otro) sea la responsable de que los días tengan seis meses seguidos de luz y otros seis de oscuridad. El planeta seguirá frenando y nuestro final avanzando, sin que nadie pueda hacer nada para detenerlo.

 

 

Marc Díaz




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