¿Y si la Tierra dejase de girar?

¿Y si la Tierra dejase de girar?
17 November, 2016

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¿Y si la Tierra dejase de girar?

 

¿Imaginan tener un accidente de coche a 1.675 km/h y salir con vida? Yo tampoco.

 

En el siglo XVII, Blaise Pascal dijo: “Nuestra naturaleza está en movimiento. El reposo absoluto es la muerte”, y no iba desencaminado, pues esa muerte la evitamos diariamente gracias a un movimiento que está ahí, pero que no percibimos como tal: la rotación de la Tierra. Pero, ¿qué pasaría si, por un casual, nuestro planeta perdiese esa velocidad progresivamente? Las consecuencias serían devastadoras.

Terminantemente, si analizáramos el parón rotacional como un frenazo repentino, este artículo sería más bien corto: sufriríamos una onda expansiva equivalente a 200 bombas nucleares como la de Hiroshima y toda la civilización sería arrasada. Punto final. Por eso, haremos diversos saltos en el tiempo hasta llegar a las últimas consecuencias.

 

Antes de enumerar los acontecimientos posteriores a esa situación inusual, es necesario tener en cuenta ciertos conceptos: la rotación terrestre es la causante de la sucesión constante del día y la noche, la Tierra no es perfectamente esférica sino que está achatada por los Polos, siendo mayor la gravedad en esas regiones, y por último, nuestro astro está formado por diversas capas que giran en perfecta harmonía: núcleo, manto y corteza.

 

 

 

El inicio del cambio

 

Empezaremos suponiendo que la Tierra reduce en 50 km/h su velocidad de giro. Los días ahora duran 40 minutos más, llega el momento en que de día es de noche y viceversa. La tecnología GPS (que está directamente relacionada con el tiempo de rotación actual de la Tierra) empieza a fallar; tras múltiples accidentes aéreos y marítimos, se bloquean las rutas aéreas y marinas, siempre que no sean para fines comerciales indispensables; la crisis mundial financiera no deja a nadie indiferente, etc. Tampoco parece tan grave, nos adaptaríamos, ¿verdad? Habría que verlo...

 

La fuerza centrífuga terrestre (causa directa de que los océanos sean tal y como los conocemos y la atmósfera se mantenga lo bastante densa a nivel global como para que podamos respirar) generada por la rotación se está debilitando. El agua de los océanos se empieza a acumular en los polos; el norte de Canadá, Rusia y parte de Europa empieza a notar las consecuencias con pequeñas inundaciones; a su vez, la atmósfera que acompaña a los océanos va perdiendo su condición en las regiones comprendidas entre los trópicos; en ciudades como Quito, que tiene una altitud media de 2.700 msnm (metros sobre el nivel del mar), el aire empieza a ser tan irrespirable como el de la cima del Everest; el tráfico aéreo está suspendido, las rutas terrestres colapsadas, las fronteras bloqueadas… Esa gente está condenada.

 

Reanudamos la deceleración. Ahora vamos 250 km/h menos de lo normal. Los días tienen dos horas más de luz y otras dos horas más de oscuridad, duras 28 horas en total. ¿Recuerdan cómo habíamos dejado la situación de los océanos? Bien, pues éstos han seguido desplazándose. El Océano Ártico ha multiplicado por cuatro su máxima profundidad, las zonas costeras han dejado de serlo por la retirada masiva del agua, las Islas del Caribe seguirían siendo caribeñas, pero desde luego ya no son islas y el Reino Unido habría aprobado el Brexit pero, sin duda, nunca habrá estado tan unido a Europa, ahora es posible llegar en coche sin usar el Eurotúnel, ya que el mar del Canal de la Mancha ha dejado de existir.

 

La constante armonía de giro entre las distintas capas terrestres llega a su fin: núcleo, manto y corteza han ido frenando a distinta velocidad, el planeta empieza a fracturarse, las zonas libres de terremotos ya no lo están, aparecen nuevos volcanes cuya intensidad cuesta imaginar, se forman nuevas montañas y las grietas en los fondos marinos liberan energía suficiente como para que las orillas se llenen de peces muertos por el calor. El globo está cambiando drásticamente  y  la  Magnetosfera  (capa  que  nos  protege  de  la radiación solar y de los rayos cósmicos) también empieza a sufrir las consecuencias. Tomar el sol deja de ser algo que relacionamos con relajación, tranquilidad, divertirse en la playa… Las exposiciones no controladas de breves periodos de tiempo empiezan a resultar mortales, salir a pasear en el nuevo mediodía no es buena idea, precisamente.

 

 

 

Construyendo un nuevo mundo

 

Hagamos un salto drástico. Ahora giramos a 675 km/h, tenemos 30 horas seguidas de luz y otras 30 horas de oscuridad. A pesar de que ha ido pasando el tiempo, humanos y animales siguen sin adaptarse y poder dormir con normalidad es imposible. Si sumamos el persistente problema atmosférico, la consecuencia es que el cerebro se entumece y nuestra función cognitiva se ve especialmente afectada. Lenguaje, atención, orientación, capacidad de movimiento, memoria, visión, sociabilidad… son algunas de las habilidades de las que empezamos a carecer. Desorientados, los animales migratorios no encuentran su destino idóneo, produciendo extinciones masivas; las plantas empiezan a sufrir seriamente las consecuencias del cambio: 30 horas de oscuridad a -25ºC no son condiciones óptimas para la vida. Las reservas de comida merman gravemente. Debemos volver a pensar en los mares.

 

Hace ya un tiempo que el agua siguió desplazándose hasta inundar grandes ciudades que antes sí eran habitables: Londres ya no está unida a Europa, simplemente no existe. Los continentes no están delimitados, han dado lugar a un súper-continente.

 

No olvidemos que, en la era Paleozoica, la Tierra estaba unida por un único súper-continente totalmente rodeado de océanos llamado Pangea. El nuevo mundo en el que vivimos ahora tiene relación con Pangea pero con una peculiaridad importante: en esta ocasión, el territorio en el que vivimos rodea la tierra de punta a punta siguiendo el ecuador terrestre. Lo que antes era el lecho marino, ha quedado totalmente desolado y, sin embargo, es lo que nos puede dar una oportunidad. Esas zonas que antes estaban bajo el nivel del mar tienen una altitud óptima para respirar. Al fin y al cabo, las antiguas regiones han vivido éxodos sin precedentes con un único fin: la supervivencia.

 

Perdurar es algo que el ser humano busca por naturaleza, la única razón por la que somos capaces de dejar las diferencias de lado y ponernos a trabajar codo con codo. Una vez más, nos veríamos destinados a  romper las ya inexistentes fronteras y adaptarnos al entorno. La inundación de zonas muy pobladas favorece especialmente la vida marina; el aumento de biomasa en el agua es más que notable y los peces de aguas frías son los grandes beneficiados, paralelamente con nosotros, ya que pasarían a ser el principal sustento alimenticio en nuestra impuesta nueva condición de vida.

 

Algunas de las cosas que van quedando atrás al reducir 1.500 km/h la velocidad rotacional terrestre son: las tormentas, los huracanes, el invierno y el verano. Ahora, 5 días de luz van acompañados de 5 días de frías noches. Sobrevivir a terremotos y volcanes, a éxodos masivos por problemas respiratorios, a trastornos neurológicos derivados de la falta de sueño, a la ausencia de alimento por extinciones de infinidad de especies, etc. es complicado pero no imposible; resistir a cinco días de total oscuridad con temperaturas de 40ºC bajo cero y con escasez de agua potable, consecuencia de la atenuación del Efecto Coriolis (efecto que curva la dirección inicial de los vientos que se mueven entre dos puntos de alta y baja presión, permitiendo la aparición de sistemas tormentosos en todo el planeta), es aterrador.

 

En esta etapa, los seres humanos que siguiesen vivos se verían obligados a trasladarse a las nuevas zonas costeras donde el aire todavía tendría una densidad suficiente para ser respirable, se encontraría comida con relativa facilidad y, con suerte, alguna tormenta esporádica abastecería las reservas de agua potable. Además, en zonas ecuatoriales del orbe, se estarían agravando los efectos derivados de la alteración atmosférica y la magnetosfera, intensos rayos solares abrasarían intermitentemente algunas regiones, dificultando aún más si cabe, la resistencia de los nuevos asentamientos humanos que se habían formado en lugares respirables.

 

 

El principio del fin

 

Ahora la Tierra gira a tan solo 50 km/h. Los días duran algo más de un mes. Definitivamente, las estaciones son cosa del pasado, el clima se diferencia en épocas de luz y calor o épocas de oscuridad y frío; en algunas zonas, las temperaturas bajan de los -50ºC produciendo glaciaciones. La mayoría de los animales terrestres se han extinguido, las plantas no han tenido mejor suerte y no existe posibilidad alguna de cultivar comida; las zonas boscosas adaptadas a convivir con largos periodos de frío han sido inundadas por los nuevos mares, y las selvas y bosques de antiguas zonas tropicales se congelan.

 

El clima, poco a poco, ha ido estabilizándose gracias a la ralentización del planeta; los nuevos sistemas de altas presiones que fueron apareciendo tras la atenuación del Efecto Coriolis, han causado grandes tormentas y ventiscas que pueden durar semanas. Ahora los temporales se concentran en las zonas polares, donde se encuentran los nuevos mares, el del norte y el del sur.

 

Mientras todos estos hechos se han ido sucediendo, gran parte de la población mundial ha sido erradicada, ya sea por la falta de comida y agua potable o como consecuencia de terremotos y erupciones volcánicas, abrasados por la radiación solar o congelada en largas noches glaciales. A los pocos supervivientes tan solo les queda esperar que la Tierra se detenga completamente, que la traslación (movimiento causado por una interacción gravitacional entre dos cuerpos celestes que o bien se atraen mutuamente o uno es atraído por el otro) sea la responsable de que los días tengan seis meses seguidos de luz y otros seis de oscuridad. El planeta seguirá frenando y nuestro final avanzando, sin que nadie pueda hacer nada para detenerlo.

 

 

Marc Díaz




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